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24 nov. 2010

Importante Aviso del Colegio de Traductores de la Provincia de Santa Fe 1º Circ.

Estimados colegas:
 
                            Hemos tomado conocimiento de algunos casos en los que matriculados de nuestro Colegio no han podido concretar trabajos de traducción con un cliente porque este último recibió por el mismo trabajo un presupuesto menor de otro traductor matriculado que se basó en aranceles que están por debajo de los mínimos éticos que fija el CTPSF- 1ra Circ. y la Federación Argentina de Traductores.
                        Lamentablemente, en algunos casos no contamos con pruebas materiales fehacientes como para que el Tribunal de Conducta pueda actuar y sancionar semejante acto de competencia desleal.
                        Pero sí quedan esos nombres "manchados" entre los colegas, lo cual no contribuye a la carrera profesional de quien incurre en la competencia desleal ni a nuestra meta de posicionar a los Traductores en el lugar que se merecen.
                       Estamos trabajando para jerarquizar la profesión en benecifio de todos nosotros y estos hechos sin dudas la descalifican, la subestiman y habla de una incoherencia profesional. Si todos respetamos los aranceles mínimos éticos, todos ganamos.
                        Respetémonos entre Colegas y al Colegio cuyas normas éticas juramos cumplir.
                        Los saludamos atentamente.
 
                        Consejo Directivo y Tribunal de Conducta
                          CTPSF- Primera Circunscripción.

22 nov. 2010

¿Resolución = rescisión?

Por Laura Betancort Carrasco

Laura Betancort estudia cuarto de traducción e interpretación en la Universidad Pontificia Comillas. Su combinación lingüística es inglés, francés y japonés. Entre sus campos de interés se encuentran las culturas orientales, las relaciones internacionales, la mitología, el jazz, la fotografía y el periodismo.

Aunque sea posible inferir, tras una lectura del Código civil español, el Código civil francés o diferentes diccionarios jurídicos, entre otras fuentes, las diferencias que separan semánticamente la rescisión de la resolución o la résilitation de la résolution y la rescision, se pueden encontrar innumerables ejemplos en los que estos términos se confunden.

Para aclarar, por tanto, los límites que separan dichos conceptos, hemos decidido exponer sucintamente sus rasgos distintivos de manera comparativa, basándonos en los diccionarios especializados de Gérard Cornu y Luis Ribo Durán, así como en los dos códigos civiles, entre otras fuentes.

Resolución

La resolución, en castellano, definida por Ribo, hace referencia al «supuesto de ineficacia de un contrato completamente válido y eficaz cuyos efectos pueden desaparecer porque así lo disponga la ley y uno de los contratantes lo solicite o porque ambas partes acuerden deshacer el contrato». Es decir, en este supuesto el contrato se ha celebrado válidamente, y no existe ningún vicio originario. Por tanto, la resolución tiene lugar por un hecho posterior al momento de su celebración. Asimismo, la resolución puede iniciarse por voluntad de una de las partes o de ambas.

Existen dos tipos de resolución: por un lado, la resolución que tiene lugar porque una o ambas partes del contrato deciden no renovarlo, en el caso de un contrato de tracto sucesivo, y, por otro, la resolución que tiene lugar porque no se han cumplido las condiciones u obligaciones pactadas. En francés existe la distinción entre estos dos supuestos. Una resolución convencional (por desistimiento) se denomina résiliation, mientras que una resolución que tiene lugar por incumplimiento del contrato se denomina résolution. Los traductores, por tanto, deben estar alerta al encontrarse ante estos dos términos.

Rescisión

La rescisión (rescision, en francés) solo puede ser pronunciada por un juez, a diferencia de la resolución. Además, la rescisión tiene un carácter retroactivo obligatorio y es posible pronunciarla gracias a un vicio que existía en el momento de la celebración del contrato.

Uso erróneo en castellano

Vemos que cada término designa conceptos cercanos semánticamente, por lo que el hecho de que las diferencias entre ellos sean meramente de matiz origina muchos equívocos. A continuación ilustraremos el uso erróneo de estos conceptos con dos ejemplos en los que se confunden el término rescindir y el término resolver:

«El Villarreal CF ha anunciado que ha llegado a un acuerdo para rescindir el contrato con el entrenador Ernesto Valverde tras la derrota cosechada en El Madrigal frente a Osasuna». (ABC, 31 de enero del 2010.) (Fragmento extraído del: http://www.abc.es/hemeroteca/historico-31-01-2010/abc/Deportes/el-villarreal-anuncia-que-rescinde-el-contrato-de-ernesto-valverde_ 1133446565383.html.)

«Los autónomos quieren añadir una nueva causa al despido objetivo, el que permite rescindir un contrato con una indemnización de 20 días por año trabajado. La causa es la morosidad, según ha demandado Lorenzo Amor, el presidente de la ATA, la asociación mayoritaria de autónomos. La demora en el pago de facturas es uno de los principales enemigos con el que están topando los trabajadores autónomos durante esta crisis, por lo que ATA también ha demandado que se conceda el aplazamiento de los pagos a la Seguridad Social». (El País, 8 de marzo del 2010.) (Fragmento extraído de: http://www.elpais.com/articulo/economia/autonomos/piden/morosidad/sea/causa/despido/justificado/elpepueco/20100308elpepueco_ 10/-Tes.)

En ambos ejemplos se ha empleado erróneamente el vocablo rescindir. En los dos casos se afirma que es una de las partes la que decide «rescindir» el contrato, cuando, como hemos expuesto anteriormente, la rescisión solo puede decidirla un juez. Asimismo, las razones que se alegan para «rescindir» el contrato hacen referencia a hechos posteriores al momento en el que se celebró, y no a un vicio originario, por lo que nos encontramos ante un caso claro de resolución, y no de rescisión.

No obstante, el uso del vocablo rescindir como sinónimo de ‘resolver’ es ahora tan recurrente en la prensa y en el mundo de la abogacía que probablemente terminará por normalizarse.

Se podrían citar muchos más ejemplos y hablar largo y tendido de este asunto. Aun así, esperamos haber rescindido, perdón, resuelto cualquier duda sobre el uso ortodoxo de estos términos con este humilde artículo.

Fuente: La Linterna del Traductor. La revista multilingüe de Asetrad.

¿Convenio o convención?

Por Marisa Simón Nieto

Marisa Simón es alumna
de cuarto curso de tra-
ducción e interpretación
en la Universidad Pon..-
ficia Comillas (Madrid).
Sus idiomas son el inglés,
el francés y el alemán.
El término convention en francés puede plan-
tear problemas de traducción, puesto que en
español unas veces lo encontramos traducido
como ‘convenio’ y, otras, como ‘convención’.
Por tanto, con este artículo pretendo
puntualizar el sentido y la posible utilización
de cada uno de ellos.

En principio, tanto convenio como convención
surgen del verbo convenir (del latín convenire,
‘acudir varias personas al mismo lugar o
reunirse en él’). Sin embargo, aunque su uso
parece ser casi intercambiable, se observan
ciertas diferencias entre ambos términos.

De acuerdo con el Diccionario de uso del español
de María Moliner, convenio responde
a un acuerdo o ajuste particularmente entre
Estados, mientras que convención parece ser
un término más global, dado que se trata de
«un acuerdo solemne, por ejemplo entre naciones
» o la «reunión de los representantes
de una organización».

En cuanto al término convention en francés,
considero imprescindible la definición que
nos brinda el diccionario jurídico de francés
Vocabulaire Juridique de Gérard Cornu para
unificar los matices que hacen que en español
contemos con dos términos:

Accord entre sujets de Droit international
(terme parfois préféré, sans conséquences
juridiques, à celui de traité pour designer
des accords multilatéraux ou des accords
conclus sous les auspices ou dans le cadre
d’organisations internationales, ainsi que
des accords à caractère technique).

Por otra parte, conviene observar de qué
forma algunas organizaciones internacionales
profundizan en el término convention.

En el Estatuto de la Corte Internacional de
Justicia, por ejemplo, en el artículo 36, se
emplea convención (convention) como término
genérico para referirse a las convenciones
internacionales (conventions internationales),
que se diferencian del Derecho
internacional consuetudinario, así como
de los principios del Derecho internacional.
Este empleo hace referencia a todos los
acuerdos internacionales y a tratado en un
sentido más amplio. De hecho, convención y
tratado pueden utilizarse como sinónimos.

Según las «Definiciones de términos para
la base de datos sobre declaraciones y convenciones
» de las Naciones Unidas, en el
siglo XIX, el término convención se utilizaba
para los acuerdos bilaterales. No obstante,
en la actualidad, se emplea de un modo más
amplio para los tratados multilaterales for-
males en los que participa un gran número
de partes. Estos tratados se denominan
convenciones o convenios. Por ejemplo:

1. La Convention de Vienne de 1969
sur le droit des traités (Convención de
Viena sobre el Derecho de los Tratados
de 1969).
2. La Convention de 1989 relative aux
droits de l’enfant (Convención de 1989
relativa a los derechos del niño).
3. La Convention européenne de sauvegarde
des droits de l’Homme et des
libertés fondamentales (Convenio Europeo
para la Protección de los Derechos
Humanos y de las Libertades
Fundamentales).
Por tanto, se observa que no existen unos
límites conceptuales evidentes, sino una
utilidad específica.

Fuente: La Linterna del Traductor. La revista multilingüe de Asetrad.

11 nov. 2010

Cinco consejos básicos para traductores noveles

Cuando un alumno de Traducción o de Interpretación está a punto de terminar sus estudios, lo normal es que sienta incertidumbre por su futuro y, por qué no, miedo a lo desconocido. Pero el miedo es innato al ser humano, y para superarlo no tenemos más remedio que intentar cosas aun a riesgo de equivocarnos.
Así pues, veamos brevemente cinco consejos que daría a los recién egresados que ahora intentan hacerse un hueco en el mercado profesional.
1. No dejes de aprender
Puede parecer paradójico que, justo cuando terminamos nuestras carreras universitarias, tengamos que seguir estudiando y aprendiendo. Sin embargo, un error grave que algunos cometen es salir de la facultad creyendo que conocen muy bien sus lenguas de trabajo y que han adquirido mucha experiencia durante los años de estudio. Nada más lejos de la realidad: aunque te especialices, habrá muchos términos, expresiones e, incluso, campos del saber que desconocerás justo cuando te encarguen traducir un texto que no esperabas. Por eso es importante leer constantemente blogs, revistas u otras publicaciones sobre los temas que te gustan para estar a la última. Por supuesto, si el tiempo y el dinero te lo permiten, nunca está de más ampliar la formación realizando cursos afines a tu especialización o, incluso, un máster.
2. Especialízate
Acabamos de ver lo importante que es estar al día sobre los temas que más te gustan. Y eso tiene una razón de ser: tu productividad y tu confianza serán mucho mayor si traduces algo con lo que estás muy familiarizado. Es cierto que, sobre todo al principio, es el mercado el que te especializa porque aún tienes mucho que aprender, pero de igual modo, lo importante es buscar un nicho y concentrarte en él. Yo, por ejemplo, estoy especializado en localización de páginas web, software y videojuegos, porque son las áreas que más domino y en las que tengo más experiencia. Por supuesto, volviendo al primer consejo de aprender, con el tiempo podrás especializarte en alguna otra área de conocimiento.
3. Las prisas no son buenas
Un error que cometí al principio fue pensar que lo más importante era producir mucho para dar la sensación de que era rápido. Nada más lejos de la realidad: hasta que no tengas varios años de experiencia en un campo, es mejor ir a tu ritmo aunque tengas que dedicarle más tiempo del esperado a una traducción. Es mejor ganarse la fama de traductor meticuloso y detallista que de ser rápido y de dudosa profesionalidad. Es cierto que habrá algunos clientes que ni siquiera se darán cuenta de tus fallos, pero a largo plazo te conviene ir despacito y con buen letra.
4. Usa el corrector ortográfico
Incluyo esto en una lista de consejos básicos, porque es una realidad en los traductores que empiezan a traducir profesionalmente (yo estoy presente entre las «víctimas»). En la facultad, generalmente traducimos textos muy pequeños en comparación con los que se traducen en el mercado y, por las veces que revisamos un texto, no se nos escapan errores ortográficos o gramaticales. Sin embargo, cuando traducimos diez mil palabras, la cosa cambia. Por eso es muy importante que usemos el corrector ortográfico antes de entregar la traducción, no porque tengamos faltas de ortografía, sino porque las erratas son las últimas en abandonar el barco. Asimismo, si no hemos traducido en Word, recomiendo copiar y pegar el texto a un documento de este programa, porque hasta la fecha es lo más fiable que he probado.
5. Si te falta experiencia, gánala por otras vías
Si pese a terminar la carrera, tener clara tu especialización y hacer cursos aún tienes cierta inseguridad a la hora de traducir, ¿por qué no ampliar tu experiencia realizando traducciones para proyectos sin ánimo de lucro, como páginas de ONG o software libre? Para que os hagáis una idea, antes de estudiar Traducción e Interpretación, me dedicaba a traducir algunos videojuegos en mi tiempo libre, lo que me permitió conocer los entresijos de este tipo de proyectos. Cuando hice la prueba de traducción para trabajar en Nintendo como traductor inglés-español, me sentí muy cómodo gracias a mi experiencia en este tipo de textos. El valor real de la traducción no ha de ser necesariamente monetario (siempre que no haya persona que gane dinero a tu costa, por supuesto).
Pablo Muñoz Sánchez
(Algo más que traducir http://algomasquetraducir.com/ )
Ilustrado por Juan Manuel Tavella www.hombreilustrando.com.ar

14 oct. 2010

Model Contract for Translators

TRANSLATION AGREEMENT

Date of this Agreement: _______________________________________
___________________________ of _______________________________ ("Translator")
               Translator's Name                             Translator's Address

and
__________________________ of __________________________________("Client")
               Client's Name                                     Client's Address


hereby agree as follows:
1. Description of services. Translator, as an independent contractor, will provide the following service(s) [Identify item(s) to be translated and the particular service(s) to be performed]:
_________________________________________________________________
_________________________________________________________________
_________________________________________________________________
Scheduled completion date is: _________________________
Translator shall make every effort to complete service(s) by the above date but shall not be responsible for delays in completion caused by events beyond Translator's control.
Method of delivery: ___________________________
Format of delivery: ___________________________
2. Fee for services. Client agrees to pay $ ____________ as Translator's fee for the above service(s). Payment is due as follows:
__________________________________________________________________
__________________________________________________________________
The due dates for payment of fees and costs under this Agreement shall be the date(s) specified in this Agreement, provided that if no date is specified, the due date shall be the date of Translator's billing for the fees or costs. Any payments for fees or costs not received by Translator within _______ days of the due date will be deemed late and shall be subject to a ________% per month late charge. Client agrees to be responsible for Translator's costs in collecting late payments due from Client, including reasonable attorneys' fees.
3. Cancellation or withdrawal by Client. If Client cancels or withdraws any portion of the item(s) described in paragraph 1 above prior to Translator's completion of the service(s), then, in consideration of Translator's scheduling and/or performing said service(s) Client shall pay Translator the portion of the above fee represented by the percentage of total service(s) performed, but in any event not less than _____% of said fee.
4. Additional fees. Additional fees will be payable, to be calculated as provided below, in the event the following additional services are required: (a) investigation, inquiry, or research beyond that normal to a routine translation is required because of ambiguities in the item(s) to be translated; (b) additional services are required because Client makes changes in the item(s) to be translated after the signing of this Agreement; and (c) Translator is requested to make changes in the translation after delivery of the translation, because of Client's preferences as to style or vocabulary, and such changes are not required for accuracy. Such additional fees will be calculated as follows:
__________________________________________________________________
__________________________________________________________________
5. Additional costs. Client shall reimburse Translator for necessary out-of-pocket expenses incurred by Translator that are not a normal part of routine translation procedure, such as overnight document delivery service requested by Client, long distance telephone and telefax expenses to clarify document ambiguity, etc.
6. Client's review of translation. Upon receipt of the translation from Translator, Client shall promptly review it, and within 30 days after receipt shall notify Translator of any requested corrections or changes. Translator shall correct, at no cost to Client, any errors made by Translator.
7. Confidentiality. All knowledge and information expressly identified by Client in writing as confidential which Translator acquires during the term of this Agreement regarding the business and products of Client shall be maintained in confidentiality by Translator and, except as expressly authorized by Client in writing, shall not be divulged or published by Translator and shall not be authorized by Translator to be divulged or published by others. Confidential information for purposes of this paragraph shall not include the following:
a. Information which is or becomes available to the general public, provided the disclosure of such information did not result from a breach by Translator of this paragraph.
b. Terminological glossary entries compiled by Translator in the course of Translator's performance of the translation service(s) under this Agreement; provided, however, that Client and Translator may agree in writing that, upon payment by Client to Translator of an agreed-upon fee, such terminological glossary entries shall be the property of Client and shall be covered by the confidentiality provisions of this paragraph.
8. Translation is property of client, copyright. Upon Client's completion of all payments provided herein, the translation of the item(s) described in paragraph 1 above shall be the property of Client. Translator has no obligation to take any steps to protect any copyright, trademark or other right of Client with respect to the translation, except as may be expressly otherwise provided in this Agreement. Notwithstanding the foregoing, Translator shall have the right to retain file copies of the item(s) to be translated and of the translation, subject to the provisions of paragraph 7 above.
9. Indemnification and hold-harmless by Client. Client agrees to indemnify and hold Translator harmless from any and all losses, claims, damages, expenses or liabilities (including reasonable attorneys' fees) which Translator may incur based on information, representations, reports, data or product specifications furnished, prepared or approved by Client for use by Translator in the work performed under this Agreement.
10. Changes by others. Translator shall have no responsibility whatever as to any changes in the translation made by persons other than Translator.
11. Governing law. This Agreement shall be governed by the laws of the State of _____________________.
12. Additional provisions. [Add all additional provisions required by the parties.]
__________________________________________________________________
__________________________________________________________________
__________________________________________________________________
__________________________________________________________________
__________________________________________________________________
13. Complete agreement. This is the complete agreement of the parties as to the subject matter hereof. Any changes in this Agreement must be in writing signed by both parties. This Agreement becomes a binding contract only upon signature by both parties and the delivery of fully signed copies to each party.
Translator: _______________________________

Client: ___________________________________

___________________________________________________________
American Translators Association - Translation Agreement - July 1991 ed.

IMPORTANT NOTICE
THIS CONTRACT FORM OR GUIDE IS GENERAL IN NATURE AND IS NOT INTENDED TO PRESCRIBE THE USE OF ANY TERMS AND CONDITIONS HEREIN. THE ISSUANCE OF THIS FORM DOES NOT RESTRICT IN ANY RESPECT ANY MEMBER OR NON-MEMBER FROM CONTRACTING FOR SERVICE ON TERMS AND CONDITIONS DIFFERENT FROM THOSE SET FORTH HEREIN. THE USE OF ANY PORTION OF THIS FORM OF AGREEMENT IS STRICTLY VOLUNTARY, AND IS THE SOLE RESPONSIBILITY OF THE CONTRACTING PARTIES.
NEITHER THE AMERICAN TRANSLATORS ASSOCIATION NOR ITS MEMBERS ASSUME ANY RESPONSIBILITY OR LIABILITY, WHETHER BASED ON WARRANTY, CONTRACT, NEGLIGENCE, STRICT LIABILITY, PRODUCT LIABILITY OR OTHERWISE, WITH RESPECT TO THE USE OF THIS CONTRACT FORM. THE AMERICAN TRANSLATORS ASSOCIATION AND ITS MEMBERS MAKE NO WARRANTY, EXPRESSED OR IMPLIED, WITH REGARD TO THE LEGALITY OR ENFORCEABILITY OF THIS FORM OF AGREEMENT.

Source: ATA (American Translators Association)

20 sep. 2010

NOAM CHOMSKY: Las diez estrategias de manipulación mediatica

El lingüista Noam Chomsky elaboró la lista de las “10 Estrategias de Manipulación” a través de los medios.

1. La estrategia de la distracción
El elemento primordial del control social es la estrategia de la distracción que consiste en desviar la atención del público de los problemas importantes y de los cambios decididos por las elites políticas y económicas, mediante la técnica del diluvio o inundación de continuas distracciones y de informaciones insignificantes. La estrategia de la distracción es igualmente indispensable para impedir al público interesarse por los conocimientos esenciales, en el área de la ciencia, la economía, la psicología, la neurobiología y la cibernética. “Mantener la Atención del público distraída, lejos de los verdaderos problemas sociales, cautivada por temas sin importancia real. Mantener al público ocupado, ocupado, ocupado, sin ningún tiempo para pensar; de vuelta a granja como los otros animales (cita del texto ‘Armas silenciosas para guerras tranquilas)”.

2. Crear problemas y después ofrecer soluciones
Este método también es llamado “problema-reacción-solución”. Se crea un problema, una “situación” prevista para causar cierta reacción en el público, a fin de que éste sea el mandante de las medidas que se desea hacer aceptar. Por ejemplo: dejar que se desenvuelva o se intensifique la violencia urbana, u organizar atentados sangrientos, a fin de que el público sea el demandante de leyes de seguridad y políticas en perjuicio de la libertad. O también: crear una crisis económica para hacer aceptar como un mal necesario el retroceso de los derechos sociales y el desmantelamiento de los servicios públicos.

3. La estrategia de la gradualidad
Para hacer que se acepte una medida inaceptable, basta aplicarla gradualmente, a cuentagotas, por años consecutivos. Es de esa manera que condiciones socioeconómicas radicalmente nuevas (neoliberalismo) fueron impuestas durante las décadas de 1980 y 1990: Estado mínimo, privatizaciones, precariedad, flexibilidad, desempleo en masa, salarios que ya no aseguran ingresos decentes, tantos cambios que hubieran provocado una revolución si hubiesen sido aplicadas de una sola vez.

4. La estrategia de diferir
Otra manera de hacer aceptar una decisión impopular es la de presentarla como “dolorosa y necesaria”, obteniendo la aceptación pública, en el momento, para una aplicación futura. Es más fácil aceptar un sacrificio futuro que un sacrificio inmediato. Primero, porque el esfuerzo no es empleado inmediatamente. Luego, porque el público, la masa, tiene siempre la tendencia a esperar ingenuamente que “todo irá mejorar mañana” y que el sacrificio exigido podrá ser evitado. Esto da más tiempo al público para acostumbrarse a la idea del cambio y de aceptarla con resignación cuando llegue el momento.

5. Dirigirse al público como criaturas de poca edad
La mayoría de la publicidad dirigida al gran público utiliza discurso, argumentos, personajes y entonación particularmente infantiles, muchas veces próximos a la debilidad, como si el espectador fuese una criatura de poca edad o un deficiente mental. Cuanto más se intente buscar engañar al espectador, más se tiende a adoptar un tono infantilizante. ¿Por qué? “Si uno se dirige a una persona como si ella tuviese la edad de 12 años o menos, entonces, en razón de la sugestionabilidad, ella tenderá, con cierta probabilidad, a una respuesta o reacción también desprovista de un sentido crítico como la de una persona de 12 años o menos de edad (ver “Armas silenciosas para guerras tranquilas”)”.

6. Utilizar el aspecto emocional mucho más que la reflexión
Hacer uso del aspecto emocional es una técnica clásica para causar un corto circuito en el análisis racional, y finalmente al sentido critico de los individuos. Por otra parte, la utilización del registro emocional permite abrir la puerta de acceso al inconsciente para implantar o injertar ideas, deseos, miedos y temores, compulsiones, o inducir comportamientos…

7. Mantener al público en la ignorancia y la mediocridad
Hacer que el público sea incapaz de comprender las tecnologías y los métodos utilizados para su control y su esclavitud. “La calidad de la educación dada a las clases sociales inferiores debe ser la más pobre y mediocre posible, de forma que la distancia de la ignorancia que planea entre las clases inferiores y las clases sociales superiores sea y permanezca imposibles de alcanzar para las clases inferiores (ver ‘Armas silenciosas para guerras tranquilas)”.

8. Estimular al público a ser complaciente con la mediocridad
Promover al público a creer que es moda el hecho de ser estúpido, vulgar e inculto…

9. Reforzar la autoculpabilidad
Hacer creer al individuo que es solamente él el culpable por su propia desgracia, por causa de la insuficiencia de su inteligencia, de sus capacidades, o de sus esfuerzos. Así, en lugar de rebelarse contra el sistema económico, el individuo se autodesvalida y se culpa, lo que genera un estado depresivo, uno de cuyos efectos es la inhibición de su acción. Y, sin acción, no hay revolución!

10. Conocer a los individuos mejor de lo que ellos mismos se conocen
En el transcurso de los últimos 50 años, los avances acelerados de la ciencia han generado una creciente brecha entre los conocimientos del público y aquellos poseídas y utilizados por las elites dominantes. Gracias a la biología, la neurobiología y la psicología aplicada, el “sistema” ha disfrutado de un conocimiento avanzado del ser humano, tanto de forma física como psicológicamente. El sistema ha conseguido conocer mejor al individuo común de lo que él se conoce a sí mismo. Esto significa que, en la mayoría de los casos, el sistema ejerce un control mayor y un gran poder sobre los individuos, mayor que el de los individuos sobre sí mismos.

Fuente:Autoconocimiento Punto Net

1 sep. 2010

Primer on literal translations + 4 ways to spot them

What is a literal translation?

Literal translations, or word for word translations, are translations in which the content of a document is communicated by replacing one word with another, regardless of whether the resulting translation is accurate or reads well in the target language.

How do literal translations happen?

There are two main types of translators that can typically produce literal translations: 1) novice translators with limited experience and training in the genuine art of translating; and 2) translators of varying levels of skill and experience translating into a language that is not their first language.

For example, an English translator (whose first language is English) translating a document into French may adopt awkward syntax or non-standard idioms to keep the translation close to the structure of the original English. At first glance, you might assume that the translation was produced by a Francophone with an incomplete command of the French language; however, it can quickly become clear that the document may have been translated from English or another language by a non-native speaking translator.

But what’s the harm in a word for word translation? Are the translations of poor quality?

Many documents, when translated literally, result in mistranslations, language and grammatical errors, and calques (words improperly “borrowed” and “re-translated” from the source language). If you’ve ever used a machine or online translator to translate a website written in another language, you should have an idea of what a word for word translation looks like.

Although the perils of literal or word for word translations are well documented, many clients may not understand how important it is to hire a translator who is capable and experienced enough to translate the meaning, rather than the structure and words, of the original document.

But I don’t speak the target language. How can I tell if the translator I hired has produced a word for word translation?

There are a couple ways to spot—and stop—a word for word translation in its tracks. Since my main languages are French and English, I will focus my comments on those.

One way to spot a literal translation is by looking for words that seem out of context. A translator substituting each word for an equivalent in the target language may translate the same word every time regardless of its context.

For example, the translator sees the word “caisse” and translates it as till every time. However, caisse in French has many meanings, including credit union, case, crate or even checkout. The English word till can mean a drawer in a cash register where money is stored or to farm/cultivate land for planting. A yard can be a backyard, a front yard, or a unit of measurement. Homonyms can occasionally challenge even native speakers, so these are especially important to watch out for in word for word translations.

Another way to spot a word for word translation is through false cognates, false friends or faux amis. These are words that may look and even sound similar in both English and French but that may have completely different meanings.

A few examples: The word chagrin in French can mean sorrow or grief, while chagrin in English usually refers to embarrassment or annoyance. Actuellement in French does not mean “actually” in English but instead currently. A tissu in French is not “tissue” in English but instead a piece of fabric. If words seem like they are out of context, the translation may not have been done by an experienced or professional translator.

A third way to spot a word for word translation is to look at where the adjectives are placed in a sentence. In English, adjectives always come before the noun. In French, they usually come after the noun. So if you are reading a document that’s been translated from French to English, and your sentence says something like: The scenery beautiful took my breath away. You’ll know that it might have been translated word for word by an inexperienced translator or one without a strong command of the target language.

And a good general rule of thumb is that if it sounds awkward when you read parts of it aloud, it probably reads awkwardly too!

Source: Plush Text Communications, the Blog.

Errores en las traducciones

Los errores en las traducciones existen y existirán siempre mientras seamos humanos. Sería absurdo y poco sincero negar tal hecho. A mí personalmente me sorprendería si alguien me dijese que nunca se había equivocado. Sobre todo si ese alguien goza de un éxito personal y/o empresarial.

Y es que de errores, perdone que sea tan evidente, se aprende y se llega al éxito. La clave para llegar al segundo está en saber aprender de lo primero. La próxima vez, no ocurrirá. Nos aseguramos.

Y no se trata sólo de subsanar, sino de hacer que éste y semejante errores jamás se repitan. O al menos, anhelar a reducir esta posibilidad a 99,99%.

Revisar con un especialista, consultar memorias de traducción, recordar y tener en cuenta lo que éste preciso cliente quería, deseaba, necesitaba y exigía; lo que comentaba específicamente de SU trabajo. Nunca, nunca olvidar esto.

Y sí, por supuesto, sólo se hace un buen trabajo trabajando con buena gente. De eso se trata.

Fuente: Francisco Sánchez. Blog de Lingua Franca

17 ago. 2010

Reunión Informativa para aspirantes 2011

Instituto Superior del Profesorado Nº 8

“Alte. G. Brown”


  • Profesorado de Inglés
  • Traductorado Literario y Técnico-científico de Inglés
  • Interpretariado de Inglés


Miércoles 1º de Setiembre de 2010 - 19.00 hs.

Auditorio del Instituto

(primer piso)

25 de Mayo 3764 – Santa Fe – (0342) 4560157 - www.ispbrown.edu.ar

Traductores: la legión oculta

En Buenos Aires hay 4300 traductores matriculados en 33 idiomas. El 70% de los libros que se lee en el país son traducciones. Pero la valoración de este trabajo es pobre

Traduttore, traditore (traductor, traidor), el refrán italiano sintetiza la idea de que toda traducción es forzosamente infiel y traiciona el pensamiento del autor original. Lo cierto es que los traductores rara vez salen bien parados en las comparaciones.

No obstante, a este oficio se lo reconoce como uno de los cuatro formadores de la conciencia lingüística de estos tiempos. Los otros son: la política, el periodismo y la publicidad. Pero la realidad es dura con ellos. Hoy, a lo máximo que llegan en una reseña bibliográfica es a merecer, al final, antes de la mención del número de páginas una semblanza del tipo Correcta la traducción de Fulano. Y pocos son los que, como Gregory Rabassa, en el caso de García Márquez; o Norman Thomas Di Giovanni, en el de Borges, son citados como fuentes prestigiosas y de autoridad. Sin embargo, ellos persisten, obstinadamente, en ejercer su sacerdocio.

Se sospecha que una traducción correcta hubiera evitado la bomba de Hiroshima. Cuando Truman, Stalin y Churchill conminaron al Japón a rendirse, los japoneses contestaron: Mokusatsu (Nos reservamos cualquier comentario al respecto). Los traductores informaron, erróneamente, que quería decir Rechazamos el ultimátum, y después, ocurrió lo que es vox pópuli.

"Un traductor debe ser desconfiado, cauteloso, no puede tener una relación ingenua con las palabras. Debe defenderse de la magia del lenguaje, aunque eso es, precisamente, lo que lo llevó a elegir lo que muchos de ellos catalogan como una profesión esquizofrénica", describió alguna vez Jorge Luis Borges.

El traductorado, el interpretariado y el secretariado son tres carreras distintas con dos importantes puntos en común: el progreso técnico ha modificado profundamente sus condiciones de trabajo y las tres figuran entre las opciones seguras que seguirán existiendo en la primera mitad del siglo XXI.

Se estima que el 70 por ciento de los libros que se lee en el país -el promedio es de dos libros por año- son traducciones, y de esa cifra, el 90 por ciento se proviene del inglés. Los idiomas más solicitados son: inglés, alemán, castellano e italiano.

En los últimos años se advirtió una escalada del japonés y el ruso. El francés, en cambio, tuvo un fuerte descenso, porque es más barato comprar lo poco que se escribe directamente traducido al español desde España.

Los traductores literarios y públicos, cuyos métodos de trabajo fueron afectados profundamente por las computadoras, los diccionarios electrónicos y la telemática, suelen especializarse en traducción de obras para editoriales, traducciones comerciales, científicas y técnicas (folletos e instrucciones de uso de productos y máquinas). Este último grupo es el más numeroso y requiere un buen conocimiento de la especialidad.

Son pocos los argentinos que saben qué hace un traductor público y, muchos menos, los que reconocen esta tarea como una profesión independiente, igual que la de abogado o escribano. Los traductores públicos estudian cuatro años en alguna de las universidades donde se dicta la carrera. Al egresar, obtienen un título que los habilita para traducir todo documento que se presente en idioma extranjero ante entidades u organizaciones públicas y ejercer como intérpretes en juicio. Al menos, eso señala la ley 20.305, aunque no todas las reparticiones públicas saben que esta norma existe y que tiene plena vigencia.

A pesar de la falta de reconocimiento, en la ciudad de Buenos Aires hay 4300 traductores matriculados en 33 idiomas extranjeros.

Es probable que la Argentina tenga el más alto índice de traductor público por habitante del mundo occidental: uno por cada ocho mil personas. Países como Suecia, con gran intercambio comercial y una lengua minoritaria, cuenta tan sólo con 1 traductor cada 28 mil habitantes.

Ultimamente, los traductores públicos vieron incrementar su trabajo por las centenas de certificados de matrimonio y partidas de nacimiento que debieron presentar quienes tramitaban su ciudadanía en la embajada italiana. El Mercosur también aportó mayores oportunidades a los traductores de portugués. La apertura de la economía "contribuyó a que se revalorice la función del traductor en el desarrollo económico del país", se escucha decir en el Colegio de Traductores Públicos.

Si bien esta institución de la ciudad de Buenos Aires tuvo un ingreso, según el último balance, de más de 600.000 pesos -equivalente a 57 mil traducciones-, se ignora cuántos profesionales viven exclusivamente de su trabajo. Muchos consideran que el 90 por ciento de ellos debe completar sus ingresos con otras labores, en su mayoría vinculadas con la enseñanza de idiomas o tareas administrativas. La desregulación y la casi inexistencia de aranceles, provocaron abismales diferencias a la hora de pagar una traducción. Una partida de nacimiento traducida al castellano puede costar desde 9 pesos hasta 25, según el profesional.

Según Ricardo Naidich, editor de la revista Idiomanía, "no hay remuneraciones reguladas para traductores e intérpretes. Todo se rige por oferta y demanda. Es así que cerca de Tribunales, en cualquier quiosco que haga fotocopias, se ofrecen los servicios de un traductor público, que lógicamente se llevará un porcentaje mínimo de lo que el dueño del local le cobre al cliente. Quienes subtitulan un film reciben alrededor de 50 pesos y quienes trabajan en editoriales, bueno, dependen de lo que les quieran pagar los editores... Exceptuados los traductores de renombre que, tal vez, reciban mejores estipendios".

¿Para qué sirve un traductor? "En realidad, todos somos traductores. Traducimos cuando caminamos por una ciudad desconocida. Traducimos cuando leemos el Quijote o una novela de Balzac, o cuando miramos un cuadro del Renacimiento -sostuvo el escritor, traductor y crítico literario Enrique Pezzoni-. El hombre está hecho con códigos lingüísticos, culturales, ideológicos, y trata de recuperar, entender, discutir o admirar los códigos de otros tiempos. Hay, claro, hombres más traductores que otros: los que hacen de la traducción su profesión."

Existen los traductores ocasionales que, cada tanto, traducen una novela o una antología de poesía. A veces se trata de escritores que traducen a otros escritores, y de esa experiencia pueden llegar a extraer enseñanzas para su trabajo personal.

Como Borges, traductor de Las palmeras salvajes, de William Faulkner, y Un cuarto propio, de Virginia Woolf; o Julio Cortázar, del Robinson Crusoe, de Daniel Defoe, y de las Memorias de Adriano, de Marguerite Yourcenar.

También están los traductores full time. Son buenos, y en la mayoría de los casos no trabajan por debajo de un cierto importe (las editoriales argentinas pagan entre 15 y 20 pesos las mil palabras), y por esa razón nuestras editoriales, a menudo, recurren a ellos, pero mucho más a menudo tratan de evitarlos, haciendo uso del tipo de traductor principiante, para abaratar costos.

"Quien ha hecho la experiencia de traducir sabe cuán solitaria y obsesiva es esta actividad -expresa el escritor César Aira-. El que vive sólo de la traducción se aísla de la gente y termina teniendo la actitud de un orgulloso solitario. El traductor es, por lo general, una persona inclinada a pensar que la traducción es una mística y que él es el sacerdote."

Algunos traducen lo que se les ofrece, desde libros de cocina hasta antologías poéticas. Otros seleccionan, en la medida de sus posibilidades, aquello por lo que experimentan algún vivo interés. Muy frecuentemente se encuentran atrapados en la prosa o la poesía de un autor que los conmueve y, entonces, se transforman en sombras que viven una vida gregaria, como parásitos que se aferran a un animal muy grande. Pero también gozan de ciertos privilegios, como decía el escritor italiano Antonio Tabucchi, a propósito de su actividad como traductor del poeta Fernando Pessoa: "El lector ve al escritor de smoking; el traductor lo ve en pijama".

La traducción, en la Argentina, es una profesión anónima y mal paga, como lo expresó meses atrás, en una dolida carta a La Nacion, la escritora y traductora Alicia Steimberg, Premio Planeta 1992. Traductores ocasionales, full time y diletantes compiten en el mercado editorial sin una institución que los ayude. Ellos mismos dan cuenta de cómo viven y cómo son explotados.

¿Dejarán de existir cuando los libros puedan ser traducidos mediante una computadora? Tanto Marcelo Cohen como Elvio Gandolfo, reconocidos profesionales del medio, coinciden en que es poco probable ese reemplazo. "Lo que pueden hacer las máquinas puede ser algo muy bueno, aunque nunca exactamente igual a lo que hago yo", opina Cohen. De la misma manera que existen distintos tipos de lectores, Cohen cree que siempre van a existir editores que prefieren libros traducidos por un determinado traductor y no por una máquina.

"Es decir, mientras las máquinas no sean capaces de pensar no va a aparecer el fenómeno de la sensibilidad y ya sabemos: sin sensibilidad no hay emoción", señala socarrón.

"Hasta que no pueda concebirse una computadora que diga hoy me levanté deprimida, ninguna máquina va a poder reemplazar al traductor", afirma Gandolfo.

Antonio Bonanno traduce del inglés y del italiano, es full time y vive de la profesión desde 1967. Trabaja para las editoriales Atlántida, Losada y Errepar. "Mi labor -aclara- apunta especialmente a dos géneros: la literatura y los ensayos. En más de tres décadas traduje tanto que es difícil discernir entre los mejores autores y textos. Puedo mencionar a Washington Square, de Henry James; Diario, de Katherine Mansfield; El club de los suicidas, de Robert Stevenson; Expreso de Medianoche, de B. Hayes; El cambiante mundo del ejecutivo, de Peter Drucker, como las más destacadas. Numerosas reseñas y críticas bibliográficas omitieron totalmente su nombre. "Yo creo que, en la Argentina, al traductor no lo tienen en cuenta porque es algo que viene de siempre. Es una especie de personaje anónimo, aunque creo que, de alguna manera, los traductores mismos fomentamos ese comportamiento: perfil bajo, actitud taciturna."

Indica que la seriedad es la principal característica que debe tener un buen traductor, más allá de talento para hacerlo. "Hay que conocer el idioma extranjero y, ni que hablar, la lengua a la que uno traduce. Pero no basta con saber un idioma a la perfección, ser un lector consecuente es también vital para saber interpretar artilugios de la escritura. Cada profesional tiene su método -explica Bonanno-. Yo prefiero no leer el libro antes y voy traduciendo a medida que leo. Lo hago para ganar tiempo y, además, para que la historia del libro me sorprenda." El tiempo de trabajo es relativo, pero la media de un libro de 250 páginas puede insumir veinte días de trabajo, siete horas diarias, todos los días, incluidos sábados y domingos.

"Esta actividad es ardua: nunca estás en la piscina descansando, siempre estás remando contra la corriente", concluye Bonanno.

Susana Mayer es traductora pública, con una inclinación hacia lo literario. Hace 13 años que ejerce la actividad, traduciendo textos del alemán al castellano y viceversa, indistintamente.

"Claro que siempre es más costoso traducir a la lengua extranjera, pero no tengo demasiados problemas -destaca-. Hablo inglés, francés y portugués. Por eso hago todo tipo de traducciones: desde jurídicas, técnicas, pasando por certificados, novelas, cuentos, hasta etiquetas de alimentos importados. Obviamente, prefiero aquellas que tengan un matiz humanístico. Pero no son estas traducciones con las que se puede vivir."

Mayer tradujo a Franz Kafka (Carta a sus padres), Walter Benjamin (Cuadros de un pensamiento), Stefan Zweig (Biografía de Freud), un libro de cartas, en alemán (Queridísimo Simenon, Mi querido Fellini), entre otros.

Sensibilidad y paciencia son, para esta mujer de 34 años, dos atributos que no deben faltar en un traductor literario; mientras que la precisión es un requisito sine qua non para un traductor público. Hija de alemanes, Mayer sostiene que trabajar con ese idioma es un arma de doble filo. "Por un lado hay menos competencia y, por otro, poca demanda."

En cuanto a la orfandad de este trabajo en el nivel gremial, opina que "la profesión está bastardeada por las mismas editoriales que apelan a argumentos variados y absurdos como la cultura se paga poco, si no mirá lo que ganan los docentes o la industria editorial en la Argentina anda mal y nosotros vamos a pérdida. Tampoco falta el hiriente: Tomalo o dejalo".

Marcelo Cohen, en sus 27 años como profesional, tradujo más de setenta libros. Actualmente coordina para la Editorial Norma la traducción de las obras completas de Shakespeare, una empresa realizada por diferentes traductores de América latina y España. "Por este trabajo -hace saber-, la editorial paga 17 dólares la página, una tarifa digna. Pero debe tenerse en cuenta que, por día, pueden traducirse entre 3 y 5 páginas, no más. No está mal teniendo en cuenta que la vida de los traductores no es más que un pálido reflejo de las miserias cotidianas del país. Tengo varias ocupaciones, pero en determinado momento de mi vida, no sé por qué, decidí que éste era el trabajo que más me convenía para ganarme la vida." Cohen dice que el emprendimiento de traducir a Shakespeare fue una iniciativa suya rechazada por varias editoriales, "por considerarla poco rentable. Para mí no sólo es un desafío importante, sino una aventura cósmica apasionante".

En cuanto a la relación con las editoriales, es tajante: "Ningún traductor debe casarse nunca con una editorial, porque los editores te traicionan y te dejan en la vía. No por maldad, sino porque son hombres de negocio".

El traductor, para Cohen, tiene virtudes de distintos órdenes.

"Están las del talento, relacionadas con el oído, absolutamente esencial. También creo que hay que tener golpe de vista, muy importante para reordenar las frases, a veces cortas, medianas u horriblemente extensas, según el escritor. Después están las virtudes del orden, de la responsabilidad. Uno debe ser humilde y consultar permanentemente los diccionarios, porque las palabras tienen muchas acepciones. Además, el traductor debe hacerles caso a todos los sistemas de alarma interiores: pensar las frases, por lo menos dos veces." El trabajo del traductor, como se ve, es una lucha, "y si uno vive u obtiene la mayor parte de sus ingresos de la traducción -manifiesta-, debe saber que no tiene vacaciones, ni aguinaldo, ni obra social. Y tiene que estar pendiente de su próximo trabajo: porque diez o quince días sin un libro constituyen un agujero grande en la entrada mensual".

Que buena parte de los lectores argentinos ignoren estar leyendo una traducción es un hecho que a Cohen lo mortifica, "porque el nombre del traductor no suele figurar en las críticas de los diarios, y muchas veces tampoco aparecen en los libros. El común de la gente no se lo debe ni preguntar.

"Es inconcebible que la mayoría de los críticos, que en muchos casos no saben idiomas, obvien este punto. No conozco ningún crítico, además, que se tome el trabajo de cotejar la traducción con la versión original, que es lo que debería hacer si ganara medianamente bien." Alicia Steimberg traduce del inglés desde hace 30 años. Entre los autores más importantes que trasladó al castellano figuran Isaac Bashevis Singer, James Hardley Chase, Raymond Chandler y Robin Cook. La escritora cree que a los traductores se los considera "amateurs estéticamente sensibles o artesanos talentosos, pero no escritores críticos, capaces de desarrollar una conciencia lúcida de las condiciones culturales y sociales de su propio trabajo". Con el fin de comparar, Steimberg sostiene que "en los Estados Unidos, el nombre del traductor es apenas más chico que el del autor y se publica, también, en tapa, porque dicha versión es del traductor. Como si fuera poco -agrega-, en la contratapa aparece un breve currículum revelando el valor que tiene allí una traducción. En pocos países, como la Argentina, ocurre esta especie de olvido, de desprecio instalado como costumbre".

Los editores tampoco son evadidos por la autora de Amatista.

"Ellos no tienen en cuenta que, si no es por el traductor, las versiones no existirían. El disfrute en castellano de una obra literaria lo brinda una buena traducción. Para mí, lo más importante, incluso más que el dinero por cobrar, es que figure el responsable del trabajo: es un reconocimiento para el traductor y un acto de lealtad para con el lector."

En términos generales y con una dosis de escepticismo, Steimberg opina que "no sólo no se puede vivir de las traducciones en la Argentina, tampoco se puede vivir de escribir ni de enseñar. La de traducir es una actividad que una hace de yapa, sólo por amor al arte; de otra manera, no se explica cómo hay tantos traductores en el país".

Resultaba inevitable una evocación de la época de oro de las traducciones, en tiempos de la Editorial Sur, fundada en 1933, por Victoria Ocampo. "En aquel entonces -dice-, todos los traductores eran escritores, periodistas, editorialistas o críticos: Enrique Pezzoni, José Bianco, Jorge Luis Borges, Aurora Bernárdez, Julio Gómez de la Serna o Francisco Ayala eran identificados con nombre y apellido en la página impar, debajo del título de la obra y del nombre del autor.

"Por entonces -continúa-, era prestigioso ser traductor y hacer conocer al lector argentino el otro idioma. De algunos de aquellos profesionales se ha dicho que constituyeron una secreta tradición de traductores argentinos."

Elvio Gandolfo es escritor, narrador, crítico de libros y de cine, y traductor, desde 1968, del inglés y el francés. Trabajó para la mayoría de las editoriales: Sudamericana, Emecé, Norma, Colihue y Losada. "Me gusta escribir, pero vivo de las críticas y de las traducciones -aclara de entrada-. En esta tarea no existe la exclusividad, hay que rebuscárselas permanentemente, por eso a veces logro subsistir trabajando sólo para editoriales españolas o chilenas."

Gandolfo transita ambas veredas: la de crítico y la de traductor.

"Cuando hago una crítica y la traducción vale la pena, menciono al traductor. En Estados Unidos se lo nombra porque allá no es habitual una traducción; es una cultura que se autoabastece. Lo destacan porque se trata de una rareza; allí no existe la curiosidad ni les interesa saber cómo escriben otros autores, más allá de García Márquez. Por esto el traductor es respetado y se lo trata como al oro", explica.

El escritor cuestiona la actitud de las editoriales. "Nos faltan el respeto pagando una miseria. Además se cobra sobre la base de una sola edición; ni soñar si la obra es un éxito y se imprimen varias ediciones. Una vez -mastica bronca- tuve una ingrata experiencia con una editorial que le vendió a otra española mi traducción del libro Las cosas que llevaban los hombres que lucharon, de Tim O´Brien. No sólo ni me avisaron de la venta, sino que la editorial española usó mi traducción y no cobré un peso." Para redondear, Gandolfo afirma que los traductores argentinos no están organizados, "por lo tanto, no tenemos derecho al pataleo. Somos muy carneros, no nos vamos a arriesgar a tener un problema con las editoriales que son completamente rosqueras (sic), que se apoyan mutuamente. Si sos un tipo cuestionador del sistema, te cierran las puertas. Y como hay traductores a granel, siempre existirá mano de obra desocupada que hará el trabajo sin chistar y por menos plata".

Texto: Javier Firpo
Dibujos: Martín Kovensky

Penurias economicas

  • El tema de la retribución es una constante en cada uno de los entrevistados. "Por el libro de 224 páginas Agua pesada, de Martin Amis, me pagaro n 1500 pesos, o sea 6,70 pesos por página. Y eso que yo cuento con un plus especial -explica Alicia Steimberg, que traduce cuatro páginas por hora-. Las editoriales argentinas tienen una tarifa fija, así se trate de un best seller. En cambio, en los Estados Unidos, los traductores reciben un porcentaje por los derechos de venta."
  • Elvio Gandolfo es más drástico. "Preferí abandonar mi trabajo en dos editoriales porque me pagaban 10 pesos las mil palabras, cuando el pago, malo, pero institucionalizado, es de 20 pesos.

"Una persona que sólo vive de la traducción termina haciendo su trabajo mal porque no puede, por una cuestión de tiempo, investigar a fondo. Traducir y nada más equivale a permanecer encadenado a la computadora. Yo viví durante cuatro años de la traducción y me hastió. Fue en la época de la plata dulce, cuando con dos libros traducidos podías pasar las vacaciones en Los Angeles o Nueva York."

  • Cierta vez, antes de ponerse a traducir un libro, la políglota Susana Mayer sacó el cálculo de que iba a cobrar 4 pesos la hora. "Planteé la situación en la editorial y me contestaron, con total liviandad, que todos pagan lo mismo y que si estaba descontenta había cientos de traductores esperando por un trabajo."
  • Marcelo Cohen trabaja siete horas diarias y en términos monetarios esto significa unos 60 pesos por día. "Ojo que no siempre se puede traducir la misma cantidad de páginas. A veces te dedicás sólo a corregir, o tenés que ir al médico o hacer un trámite, y ese día no te lo paga nadie. Aquí las editoriales no sólo liquidan poco, además te bicicletean."
  • Antonio Bonanno declara: "Esta es una labor de perfil bajo y escasa remuneración. Creo que son pocos los jóvenes de hoy a los que se les cruza por la cabeza la posibilidad de estudiar traductorado. Mi media de mil palabras por hora (tres carillas tamaño carta) las facturo 15 pesos. Claro que en este segmento no está contemplada la revisión, corrección y relectura del trabajo. Pero la paga es muy relativa: algunos abonan la línea, otros el espacio y otros la página. Cuando era más joven discutía, protestaba; ahora, por salud, desistí de hacerlo. No es infrecuente que cobres algunos trabajos hasta cinco o seis meses después de entregado el material".

Nota publicada en La Nación Revista |Domingo 15 de julio de 2001 | Publicado en edición impresa


3 ago. 2010

Translation Agency, Interpreting services, Translation Company, Official Translations UK, Document translation

http://www.wolfestone.co.uk/faq.php#certified


What is a Certified Translation? What's Notarisation? Or Legalisation?
Translations for legal purposes require formalising - something to show they're accurate and can be trusted. Depending on what they're to be used for, authorities may require a Legalised (the weightiest), Notarised or - most commonly - Certified translation.  Wolfestone Translation is a certified translation provider accredited by the Association of Translation Companies (Home Office approved). Wolfestone Translation is independently certified with the new British Standard EN 15038. This is an industry-specific standard which covers the unique challenges involved in delivering high quality translation services. We are one of a very few translation companies who are additionally independently certified with ISO 9001:2008 (Quality Management) and ISO 14001:2004. Wolfestone can assist you with all levels of ‘official’ translation.

  • A certified translation means it has been performed by a professional qualified translator, and accurately reflects the original. For certified translation, each page must be stamped & signed by the translation provider. As we are a Translation Company (not an Agency - important!) - we certify in-house. When we send your certified translation (always by recorded delivery as standard) you'll also receive a Certifying Letter - look after this - it's the translation's legal provenance and may be asked for.
  • Notarised translation may be needed where more serious legal matters hinge on accurate translation, such as evidence in a civil or criminal case. To notarise a translation the translator must personally attend a Public Notary's offices, where they will swear before the Notary that they are a professionally qualified translator and that the translation is to the best of their knowledge accurate. The Notary will stamp and authorise the translation. You will receive a copy of this that you will need to keep safe as a replacement will have to be re-notarised and therefore the same cost will be involved. Notarised documents incur additional legal costs and are charged per document.
  • Legalised translation may be required for court or civil cases outside the UK. Bureaucracy can extend significantly lead times for legalised translation, so please allow enough time. Costs vary depending on the country it is for, but we try to minimise these for you. The most common of these processes is apostilling under the Hague Convention.

5 jul. 2010

Hiroshima y la mentira atómica

por Juan Gabriel Vásquez

John Hersey, en su célebre reportaje sobre Hiroshima, le dio voz a las víctimas y narró el horror del arma atómica. Convertido en un clásico del periodismo, la editorial Turner lo publica 55 años después de su resonante aparición. Juan Gabriel Vásquez, escritor colombiano, fue su traductor. En este texto desnuda las razones esgrimidas para justificar el uso de la bomba.

El siglo XX tardó varios años en comenzar (sería formalmente inaugurado en 1914, con el asesinato de un archiduque), y tal vez no haya terminado todavía, pero ya es posible hacer un inventario de los documentos que lo anunciaron. Uno de ellos es cierta frase de un novelista polaco, un hombre que usaba el francés como segunda lengua y el inglés como lengua literaria, y que en 1899 puso en boca de un colonialista enloquecido la reiteración menos redundante de la literatura: "El horror, el horror." Por supuesto, hay otro inventario posible: el de los documentos que confirmaron esa predicción. Hiroshima, el artículo de revista más famoso que se ha publicado, es uno de ellos. No se trata de una extrapolación, ni de buscar un efecto, sino de mera estadística: traduciendo las 150 páginas del libro, llegué a contar más de treinta utilizaciones del adjetivo "terrible" o del adverbio correspondiente. "Horror" aparece (sólo) dos veces; "horrible" u "horriblemente", unas quince.
El lector de Hiroshima es una especie de Marlowe contaminado; el libro es una de tantas versiones de Kurtz, ese gran contaminador. La traducción, que suele ser la forma más perfecta de lectura, es en este caso (no podía ser de otro modo) una contaminación perfecta. En la página 44 leemos: "El hombre trajo también a dos personas horriblemente heridas —una mujer a la cual le había sido arrancado un seno y un hombre cuya cara estaba en carne viva..." En la página 65: "Sus caras completamente quemadas, las cuencas de sus ojos huecas, y el fluido de los ojos derretidos resbalando por las mejillas." Traducir Hiroshima es contaminante por lo que tiene de distracción: porque el proceso consiste en evitar la imagen del pecho arrancado, de los ojos líquidos, durante los segundos que se tarda en encontrar la nueva sintaxis o en ceder a la necesidad de los adverbios, ese mal necesario de nuestro idioma. Cuando se dice slowly, explica Borges en alguna parte, la voz hace hincapié en slow; cuando se dice "lentamente", la voz se recuesta en mente. Y así ocurre que uno está viendo la imagen de los kimonos calcados por el calor sobre la piel de las mujeres, y su cabeza está pensando en lo que decía un escritor argentino, en cierta dificultad —en cierta antipática dificultad— de la lengua española.
Terminé la traducción del libro hace un año, y hoy, releyendo algunos pasajes, encuentro cosas que habría preferido hacer de manera distinta; encuentro también que el original, a pesar de la mansedumbre, de la poca suntuosidad, resultaba —como no siempre es el caso, a pesar de lo que suele decirse— intransferible a nuestra lengua. La razón es muy sencilla: al tema y a la prosa de John Hersey les conviene la lengua inglesa (y su registro periodístico) tanto como convenía a Proust el francés, con sus miles de tiempos verbales y su prestancia para el periodo extendido. Hersey escribió Hiroshima con un martillo anglosajón en la mano: palabras duras, secas y cortas; frases cuadradas, declarativas, terminadas en ángulo recto, como un ladrillo. En el libro casi no hay palabras de origen latino; en alguna oportunidad Hersey escribe perished, "pereció", donde habría podido escribir la más simple y más directa y sobre todo anglosajona died, y el párrafo tiembla y el libro tiembla en la mano del lector. Se trata de un libro distante y frío, y traducirlo al español, que es por naturaleza y por música solemne y cálido, equivale a falsear algo en el texto. Tan importantes son la distancia y la frialdad en Hiroshima, que Gore Vidal —estilista de mucho interés; autor de novelas de más bien poco— solía lapidar a Hersey con el argumento de que sus artículos enseñaban sólo el cómo de las cosas, nunca el por qué; al dogmático Vidal le habría gustado que Hersey se acercara al debate sobre "si era o no necesario usar semejante arma, siendo que Japón ya estaba mostrando intenciones de rendirse". La exigencia me parece ridícula: haciendo el proceso inverso, uno podría despotricar contra Aristóteles por hablarnos de ética sin describir la vida diaria de un ateniense atribulado por la virtud de sus comportamientos. Una cosa son los hechos y otra, muy lejana, la calificación de esos hechos. Hersey conocía la diferencia; en ella basaría toda una vida de periodismo escrito.
Lo único claro es que el libro vino a llenar una laguna. En medio de las reflexiones por escrito posteriores al 6 de agosto del 45, en medio de la obsesión por justificar la bomba como abstracción bélica o instrumento de la venganza merecida, casi nadie en Estados Unidos se paró a pensar que debajo de la bomba había gente. Hersey lo hizo. Se trató, por supuesto, de una conspiración: en marzo del 46 William Shawn, editor ejecutivo del New Yorker, llevaba varios meses preocupado por la conspicua ausencia de lo humano en las publicaciones que hablaban de Hiroshima. Los cables fueron y vinieron, y Hersey, apostado en Shangái como corresponsal conjunto del New Yorker y Time, decidió pasar tres semanas de mayo en Japón. Vio, preguntó, investigó, y presentó un resultado de 150 páginas que los editores pensaron, en un principio, publicar en cuatro partes. Shawn sugirió que se hiciera en una sola; los debates duraron más de una semana; al final, en completo secreto, eso fue lo que se decidió. El 31 de agosto del 46, un artículo, un solo artículo de un solo autor, cubrió todas las páginas de la revista, excepto las dedicadas a la cartelera de teatro. He dicho que se trató del artículo más famoso del mundo. Hay un muestrario de reacciones que lo corrobora; hay, también, un inventario de anécdotas. Que la revista haya sido comentada y elogiada en otras publicaciones es extraordinario, pero que haya sido reseñada como si se tratara de un libro es casi anormal. Que Einstein haya ordenado mil ejemplares de la revista es una curiosidad de museo, sobre todo porque su solicitud no pudo ser atendida. El texto fue leído (entero, sí) por radio; cuando apareció en forma de libro, se tradujo con presteza en todo el mundo... o casi. La única traducción en nuestra lengua se hizo en Argentina, en los años sesenta, y ese texto, cuya calidad elogian quienes lo conocen, es hoy una especie de unicornio de los libros, algo de lo que pocos hablan pero que casi nadie ha visto. Pero el libro nunca se tradujo en España. Y hoy, cuando se hace por primera vez, el traductor recibe la libertad (muy bienvenida) de no renunciar al español latinoamericano.
Sea como sea, los cultores de Hiroshima solemos coleccionar las reacciones que provocó el artículo. Mary McCarthy me cae menos simpática desde cuando supe que había llamado a HiroshimaNew Yorker se anticipó a las jamesbondianas tensiones de la Guerra Fría cuando escribió a la revista: "Leí el reportaje de Hersey. Es maravilloso. Ahora, echemos unas cuantas sobre Moscú." Y Hersey explica que quiso escribir acerca de lo sucedido no a los edificios, sino a los seres humanos. Sin embargo, las imágenes que nos persiguen con más insistencia —sí: Hiroshima es uno de esos libros-espectro, capaz de despertarlo a uno por las noches— suelen ser las materiales. "En algunos lugares la bomba había dejado marcas correspondientes a las sombras de las formas que su luz había iluminado", escribe Hersey. "Algunas siluetas vagamente humanas fueron encontradas, y esto dio origen a leyendas que eventualmente llegaron a incluir detalles imaginativos y precisos. Una de las historias contaba que un pintor subido en su escalera había sido perpetuado, como monumento de bajorrelieve, en el acto de mojar su brocha en el bote de pintura, sobre la fachada de piedra del banco que pintaba; otra, que en el centro de la explosión, sobre el puente que hay cerca del Museo de la Ciencia y la Industria, un hombre y su carruaje habían sido proyectados en forma de una sombra repujada que revelaba que el hombre había estado a punto de azotar a su caballo."
El periodista que cuenta Hiroshima ve a través de sus entrevistados; no va más allá; en la mejor tradición del narrador moderno (que Joyce redujo a un dios con lima de uñas), desaparece. La lectura de Hiroshima implica por eso un acto de simpatía crónica, casi enfermiza. Se pueden encontrar muchos de estos eventos (en el libro, la simpatía es inflacionaria, exponencial). Primero leemos que "la bomba... no era para nada una bomba; era una especie de fino polvo de magnesio que habían rociado sobre la ciudad entera y que explotaba al entrar en contacto con los cables de alta tensión del sistema eléctrico de la ciudad". Y dos páginas más adelante: "Cerca de una semana después de que cayera la bomba, un rumor vago e incomprensible llegó a Hiroshima: la ciudad había sido destruida por la energía que se libera cuando los átomos, de alguna manera, se parten en dos." El lector imita el tránsito de los personajes, ese viaje necesario y dolorosamente inútil entre la ignorancia y el conocimiento; el hecho me parece un testimonio de la sutileza del libro, de su elegancia. Frente a su lector, Hersey conserva algo muy parecido al respeto; pero sobre todo llega a rozar, por instantes, una densidad que es preciso llamar moral. Los márgenes de HiroshimaHiroshima lucha a brazo partido contra la abstracción, contra la insustancialidad de toda experiencia pasada, contra ese talento que tiene la falible memoria humana para convertirlo todo, al estilo de los mejores publicistas, en imágenes generales, en símbolos vacíos o vaciados: una nube en forma de hongo; un inventario de casualties. Los lectores del libro se niegan a heredar esas abstracciones. Esto, que parece tan simple, no le resultó comprensible a Vidal. Pero no tiene nada de raro: su opinión sobre el estilo de Hersey la dio una vez, con tres palabras que había tomado prestadas de otra opinión sobre otro libro: "Aburrido, aburrido, aburrido."
Hersey no era un gran prosista. Sus ritmos resultan más bien monótonos; su confianza en las cifras (en una página de Hiroshima puede haber diez o más), a veces ingenua y a veces agobiante. Pero permítanme una pequeña fábula: cuando murió Conrad, una de las modas más populares entre los escritores era, precisamente, despreciar a Conrad, y la moda solía ir acompañada del elogio de Eliot, ese brillante estilista. Hemingway, hombre práctico si los hay -es decir, capaz de distinguir lo que sirve de lo que no-, escribió algo que me ha servido más de una vez en circunstancias análogas: "Si supiera que moliendo al señor Eliot y rociando ese polvillo sobra la tumba del señor Conrad éste reaparecería y comenzaría a escribir, saldría mañana temprano para Londres con un molinillo de salchichas."
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La bomba atómica, o nuestra percepción de ella, está hecha de frases. "Dios mío, ¿qué hemos hecho?", una de las más célebres, es del copiloto del Enola Gay (y tiene ese tono de contrición inmediata que suele tranquilizar a muchas conciencias). En una frase, Oppenheimer dijo que la bomba atómica no era más que "un gran estallido"; en otra, Henry Stimson aseguró que el único propósito de la bomba era "salvar vidas". Stimson, por supuesto, llegó a ser secretario de Guerra de la administración Truman; fue, también, redactor del texto que durante muchos años —durante toda la Guerra Fría, por lo menos— formó la opinión de la inmensa mayoría de los estadounidenses acerca de los bombardeos. El texto se titula, con notoria falta de imaginación, "La decisión de usar la bomba atómica". Fue publicado dos años después de usada la bomba, y pocos meses después de la aparición de Hiroshima en el New Yorker; fue, de alguna manera, la respuesta oficial a las perturbadoras revelaciones de Hersey. No estoy seguro de que la importancia de este artículo haya sido medida o comprendida por nosotros, los hijos de la era nuclear; de ahí, de esas páginas, salieron las convicciones —la tranquilidad, la esperada redención— de ciudadanos, políticos y militares ansiosos de justificar el exterminio de unos 150 000 civiles. (De esas páginas salieron argumentos que más de treinta años después sirvieron a Reagan, un actor de cine barato generalmente incapaz de armar sus propios argumentos, para defender el lugar común de su presidencia: la carrera armamentista. Pero Reagan sería, en este momento, una digresión demasiado onerosa.) Las convicciones de las que hablo, las razones por las cuales era inevitable arrojar Little Boy sobre la ciudad de Hiroshima, son, básicamente, tres: que la bomba y sólo la bomba forzó la rendición incondicional del emperador Hirohito; que la única opción disponible era prolongar la guerra cerca de un año, el tiempo que tardaría una invasión; que en el curso de ese año morirían alrededor de un millón de soldados estadounidenses. Ah, las frases: ese artículo está lleno de ellas.
Pero luego hay dos declaraciones curiosas, dos conjuntos de frases que han movido, sacudido, incomodado a los estadounidenses, militares o no, durante más de medio siglo. La primera explotó (es el verbo justo) cinco años después de las bombas. "Es mi parecer que el uso de esta arma bárbara en Hiroshima y Nagasaki no representó ninguna ayuda sustancial en nuestra guerra contra el Japón. Los japoneses ya estaban derrotados y listos para rendirse..." William Leahy, el perpetrador, no era un pacifista ni un ecólogo inocente; era un almirante de cinco estrellas, jefe de Estado Mayor de Roosevelt y de Truman, y amigo personal de este último. La segunda declaración vino trece años después, en plena Guerra Fría: "Le expresé mis serias dudas, primero sobre la base de mi convicción de que Japón ya estaba derrotado y que arrojar la bomba era completamente innecesario, y en segundo lugar porque creía que nuestro país debía evitar escandalizar a la opinión mundial mediante el uso de un arma cuyo empleo ya no era, creía yo, obligatorio como medida para salvar vidas estadounidenses." Quien habla es Dwight Eisenhower, comandante de las Fuerzas Aliadas contra Hitler y luego presidente de Estados Unidos (es decir, ni un pacifista ni un ecólogo inocente). La persona que escucha es Henry Stimson.
Que estas declaraciones importaban, que no estaban hechas para que las despreciaran o las dieran por muertas entre los basureros políticos de la Guerra Fría fue evidente cincuenta años después, en 1995, cuando el instituto Smithsonian intentó montar una exposición (se diría: un memorial) en la cual se planeaba exhibir el fuselaje del Enola Gay junto a las frases —o, en todo caso, peligrosamente cerca de ellas— de Eisenhower y Leahy. No estoy seguro del origen de las presiones, pero presiones hubo; y la exposición, en los términos agudamente críticos en que fue concebida, tuvo que cancelarse. El Enola Gay fue exhibido, pero sin las frases; como un buen semental, pero castrado. A finales de ese año, el clima que se vivía en los periódicos, en sus columnas de opinión, en sus cartas al director, era una reminiscencia de los peores miedos del macartismo. Hubo frases repetidas una y otra vez en la prensa. "Censura oficial" era una de ellas; "mito y hecho" era otra. Durante un par de décadas, el esfuerzo de los historiadores porque se revelaran los documentos del último año de la Segunda Guerra, y su acceso a los ya disponibles, había producido una renovada línea de esa disciplina intensamente estadounidense: la crítica nuclear. La cual, casi no hay que decirlo, no era bien vista. Cualquiera comprende la trascendencia de la empresa: si Japón ya estaba derrotado ese 6 de agosto del 45, si no es cierto que la bomba salvó miles de vidas estadounidenses, si el mito de la bomba atómica era eso, un mito, si las políticas de deterrence
Hoy se da por sabido entre los historiadores algo que Truman omitió en sus memorias con la desfachatez propia de algunos memorialistas: que la primavera de 1945 trajo consigo la derrota absoluta, aunque no declarada ni hecha pública, del Japón. En abril los estadounidenses ocuparon Okinawa, y quedaron, por lo tanto, a un paso de Tokio; también por esos días la URSS manifestó que no renovaría su pacto de neutralidad con el emperador. La entrada de la URSS a la guerra, por supuesto, era lo peor que podía pasarle a las perspectivas japonesas, una especie de desahucio, de condena anticipada. La radio de Tokio anunció un programa de construcción de aviones de madera; otro, para fomentar el consumo de bellota molida en lugar de arroz. Así de desesperada era la situación japonesa: su capital bélico (y esto lo sabían los aliados) se había reducido a niveles de caricatura; la materia prima de su vida era casi inexistente. No es para sorprenderse, entonces, que Japón haya comenzado a principios de 1945 a tantear la posibilidad de una rendición negociada. De Suecia a Moscú, enviados o embajadores japoneses estaban soltando sondas de paz, seudópodos extraoficiales pero no por ello menos autorizados. En toda esa información, en todas esas pruebas coleccionadas con diligencia por espías aliados, había una sola solicitud, tan humilde que no es posible llamarla condición: para rendirse, los oficiales japoneses pedían la preservación del emperador y la posibilidad de regresar a la Constitución de 1889. Digamos que todo esto seguía siendo extraoficial, y que eso explica los oídos sordos de los aliados. Pero el 13 de julio, tres semanas antes de la bomba, la inteligencia estadounidense interceptó un mensaje particular. Lo enviaba el ministro de Exteriores al embajador japonés en Moscú; en otras circunstancias, semejante hallazgo habría bastado para terminar la guerra, cualquier guerra, en cuestión de horas (pero en este caso, horas antes de Hiroshima y de Nagasaki). "Su Majestad el Emperador, consciente de que la actual guerra trae cada día peores males y sacrificios a los pueblos de las potencias beligerantes, desea de todo corazón que sea rápidamente terminada." Éste y los demás cables interceptados se mantuvieron en secreto total hasta 1960, cuando se reveló apenas su existencia. Entonces se confirmó también que Truman y su gabinete habían conocido su contenido, pero no fue revelado de qué contenido se trataba. El grueso de los textos comenzó a darse a conocer en 1978; los que seguían siendo secretos fueron desclasificados por completo, y puestos a disposición de los investigadores sólo a mediados de los años noventa. Sea como sea, la liberación de los documentos relacionados con la bomba atómica —uno los imagina como rehenes de un loco, saliendo del secuestro en fila india, uno por uno— ha dejado también otras certezas. Una de ellas es la discusión, seria y extensa, acerca de la opción de hacer una demostración con la bomba, en lugar de lanzarla sobre una ciudad sin que el mundo supiera de su existencia; es decir, de disuadir, en el sentido del término moderno. Ésa es la verdadera intención de quienes han llevado a cabo pruebas atómicas desde el fin de la Segunda Guerra. Las pruebas estadounidenses en el atolón Bikini o las francesas en el desierto del Sahara son eso, un perro mostrando los dientes. Truman tuvo la oportunidad de disuadir, de forzar la rendición japonesa sin exterminios de ningún tipo, y no lo hizo, entre otras cosas —aquí va una certeza más— porque no era a Japón a quien le interesaba disuadir, sino a la URSS.
Explicada como lo hace Gar Alperovitz en The Decision to Use the Atomic Bomb, esta situación es quizá la ironía más dolorosa de un libro de más de ochocientas páginas de ironías dolorosas. En 1945 —escribe Alperovitz— la posibilidad de que los horrores de la bomba no hubieran respondido a la necesidad de salvar vidas estadounidenses, esa machacada ortodoxia, sino los juegos de poder de la nueva geopolítica, no se le habría pasado por la cabeza a la mayoría de los habitantes de Estados Unidos. Durante la Guerra Fría, la mera idea fue ridiculizada por políticos y analistas; quienes llegaban a insinuarla eran tildados de paranoicos o apátridas. En este caso, como en los demás, las frases han ido saliendo a la superficie, y Alperovitz ha dedicado treinta años a recogerlas. Ahora podemos leer, en el diario de Henry Stimson, que "la forma de lidiar con Rusia era callarnos la boca y dejar que nuestros actos hablaran en lugar de nuestras palabras". Leo Szilard, uno de los cracks "insípida falsificación de la verdad de la guerra atómica"; un lector del están llenos de preguntas, pero una de ellas —"¿Qué consecuencias tienen nuestros actos?"— es una especie de seña de identidad del libro. —la famosa disuasión, el cliché nuclear por excelencia—, la polarización del mundo, la carrera de ojivas y las pruebas nucleares de Francia y Rusia y China y Gran Bretaña, de la India y Pakistán, si todo eso había salido de una gran, elaborada mentira, ¿quiénes eran los vencedores de la Segunda Guerra? ¿Y dónde quedaba el siglo XX? científicos del Proyecto Manhattan (y, dicho sea de paso, quien convenció a Einstein de que participara en él), se reunió en mayo del 45 con James Byrnes, secretario de Estado de Truman. Mucho después escribió esto: puede haber diez o más), a veces ingenua y a veces agobiante. Pero permítanme una pequeña fábula: cuando murió Conrad, una de las modas más populares entre los escritores era, precisamente, despreciar a Conrad, y la moda solía ir acompañada del elogio de Eliot, ese brillante estilista. Hemingway, hombre práctico si los hay —es decir, capaz de distinguir lo que sirve de lo que no—, escribió algo que me ha servido más de una vez en circunstancias análogas: "Si supiera que moliendo al señor Eliot y rociando ese polvillo sobre la tumba del señor Conrad éste reaparecería y comenzaría a escribir, saldría mañana temprano para Londres con un molinillo de salchichas."

"El señor Byrnes no argumentó que fuera necesario usar la bomba contra las ciudades de Japón para ganar la guerra. Él sabía en ese momento, igual que sabía el resto del gobierno, que Japón estaba esencialmente derrotado y que en seis meses más habríamos podido ganar la guerra. En ese momento el señor Byrnes estaba muy preocupado por la propagación de la influencia rusa en Europa... [En opinión del señor Byrnes] nuestra posesión y demostración de la bomba harían que Rusia fuera más manejable en Europa..."

Así es la cosa: Truman, convencido de que la demostración de la bomba le permitiría dictar los términos de la política mundial e imponerlos a la amenaza comunista, eligió a 150 mil civiles como ratas de laboratorio, eligió dos ciudades enteras como gigantescos polígonos. La astuta estrategia funcionó: Estados Unidos dominó, efectiva y absolutamente, la amenaza comunista... durante cuatro años. En septiembre de 1949, la Unión Soviética anunció su propia bomba. Y nuestra época mitológica y caricaturesca —la época del miedo de los países ricos y la alineación (o no) de los pobres; la época de los espías y el doctor Strangelove; la época del zapato de Kruschev y los misiles cubanos; la época de las reuniones en Islandia, ya se dieran entre los dos líderes o entre los dos ajedrecistas de las dos potencias— fue inaugurada.
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Para cuando apareció el libro de Alperovitz, Hersey, que había tenido acceso a la explicación de algunos de esos misterios (y los había incorporado en el capítulo final de Hiroshima), ya estaba muerto. Por supuesto, murió sabiendo hasta qué punto el lanzamiento de la bomba había sido innecesario; el capítulo final, "Las secuelas del desastre", fue redactado casi cuarenta años después del resto, cuando esa circunstancia era un secreto a voces. "Las secuelas" se publicó, igual que el resto de Hiroshima, en el New Yorker; es, por donde se le mire, una especie de arquetipo del periodismo, con su recatada variedad de recursos, con su avasallante melancolía. Están sus escenas terribles y, para este momento, casi idiosincrásicas: el sobreviviente que conoce al copiloto del Enola Gay; el hijo que va a recoger el informe de la autopsia de su padre y, al encontrarse con los órganos distribuidos en varios contenedores, sólo atina a decir: "Ahí estás, Otochan; ahí estás, papá". Están sus modosas intervenciones en cursiva, soltadas como un pañuelo entre dos capítulos, que corren el riesgo de parecer denuncia fácil y logran algo que se parece mucho al lamento: "En octubre de 1952, Gran Bretaña llevó a cabo su primera prueba de bomba atómica." "El 18 de mayo de 1974, la India llevó a cabo su primera prueba nuclear." Y está, en fin, ese fragmento del discurso pronunciado por el sobreviviente Kiyoshi Tanimoto ante el Senado de los Estados Unidos, cuyo más notorio atributo es la total —e inverosímil— ausencia de ironía:

"Padre Nuestro que estás en los cielos, te damos gracias por la gran bendición que has dado a América al permitirle construir, en esta última década, la más grande civilización de la historia humana... Te damos gracias, Dios, por haber permitido que Japón sea uno de los afortunados destinatarios de la generosidad americana. Te damos gracias por haber dado a nuestra gente el don de la libertad, que les permite levantarse de las cenizas de la ruina y nacer de nuevo."

La Constitución japonesa, reformada después de la guerra, se hizo parte de ese renacimiento, e incluye tres principios que la distinguen de cualquier otra constitución política de cualquier otro país del mundo (y que, de paso, son una seña de identidad de nuestro tiempo): no poseer, no producir y no albergar armas atómicas en su territorio. Hoy, 3 de marzo de 2003, leo en un periódico de Barcelona que esa constitución está a punto de ser modificada para permitir todo lo que hasta ahora prohibía. El texto cita las declaraciones de un experto: "La mejor manera para que Japón eluda ser objetivo de misiles nucleares norcoreanos es que el primer ministro declare sin demora que Japón se dotará de armas nucleares." La disuasión está lejos de haber muerto, pienso entonces, y al siglo XX le quedan todavía varios años de vida.
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El escritor inmediato
Tras la publicación de Hiroshima, los apologistas de la bomba atómica se encontraron con que no era fácil despreciar a Hersey. Borrarlo de un plumazo, despacharlo con un red o un commie, no era posible: Hersey tenía su carnet de patriota estadounidense bien visible en la solapa. Mientras cubría la guerra en el Pacífico, instalado en Guadalcanal, había hecho más que cubrir la guerra en el Pacífico: las bajas sufridas por su unidad fueron tantas, que el reportero se vio obligado a volverse camillero, y fue después condecorado por la Marina. No sólo eso: su primer libro, Men on Bataan, era un retrato —no: un panegírico— del general MacArthur y sus tropas; el libro era tan encomiástico como puede serlo un Velásquez de la realeza española.
El autor de Hiroshima, hijo de misioneros, nació en Tientsin, China, en 1914 (fíjense ustedes: con el siglo), y allí vivió diez años. Parece poco tiempo, pero fue suficiente para que desarrollara un cariño muy personal por el país; sus detractores más imbéciles suelen cuestionar la objetividad de Hiroshima basándose en la filiación china del autor, lo cual implica, para ellos, un cierto desprecio por el rival japonés. Ese tipo de malentendidos no fue escaso en su vida: en su momento fue acusado también de dar a todos sus artículos un "tinte de izquierda". Pero tal vez esto no sea demasiado raro, visto que Hersey había redactado los discursos de Adlai Stevenson, ese candidato de la izquierda estadounidense cuya derrota, creo yo, definió la trayectoria política del país (y, por lo tanto, de todo el mundo) desde los años cincuenta. De todas formas, nada de eso le impidió pelearse con la revista Time; en ella, dijo una vez, había tanto periodismo veraz como en el Pravda de Moscú.
Hersey tiene algo de escritor inmediato. Los novelistas que se ocupan de hechos históricos hablan mucho de la perspectiva necesaria, del tiempo que ha de pasar antes de emprender la puesta en libro de los hechos. A él no parecen asustarlo mucho esos asuntos: escribió su libro sobre MacArthur en 1942; publicó su reportaje sobre la batalla de Guadalcanal en 1943, cuando todavía la batalla estaba fresca. Su primera novela, A Bell for Adano, trata de la ocupación en un pueblito italiano durante la guerra; fue publicada en 1944, antes de que esa guerra terminara. En 1950 publicó The Wall, una novela sobre el gueto de Varsovia. Se suele decir que es la primera novela estadounidense sobre el Holocausto. Lo sorprendente, para mí, no es eso: es que Hersey haya tardado cinco años en novelarlo. La espera debió de parecerle interminable. ~