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14 mar. 2010

Una realidad similar en Argentina

No suelo intervenir con mis comentarios en los artículos que elijo para publicar en este blog, pero este tema creo que los merece, pues las situaciones planteadas más abajo son similares a las que nos debemos enfrentar en nuestra propia realidad, sobre todo aquellas sobre tarifas indecentes y traducciones hechas por personas sin el título de traductor, para ser más clara estudiantes de idiomas. Ojalá el debate también se estableciera por estos lares para mejorar la situación de muchos que intentamos ganarnos la vida con esta profesión. También me pareció interesante publicar los comentarios de los colegas que respondieron al artículo. SandraC.

Intrusismo, colegios profesionales y todo lo demás

Hace unos días, Tenesor (que sigue con fidelidad este blog, a pesar de su absurdo ritmo de actualizaciones) me pasaba un fragmento de un correo electrónico que había recibido:

“El motivo de la presente es para ofrecerle mis servicios como traductora (inglés, alemán > español). He cursado hasta 5º de inglés en la Escuela Oficial de Idiomas y realizado un curso de Inglés para los Negocios de la Generalitat de Catalunya. Dicha titulación me ha permitido trabajar como traductora para diversas empresas (de Energía Eólica, Despacho de Abogados, Consultoría, Inmobiliaria, de Ascensores y Escaleras Mecánicas, etc.)
En la actualidad curso 3º de Alemán en la Escuela Oficial de Idiomas de Granada e imparto clases de Inglés y Alemán.”

Tenesor me pedía que hablase sobre el intrusismo en nuestra profesión. Y lo voy a hacer, aunque quizá no en la forma en que él esperaba. De hecho, lo más probable es que lo que voy a contar hoy no os guste a muchos de vosotros, así que os aviso ya, antes de que sigáis leyendo: hoy es un maravilloso sábado soleado. Salid a pasear antes de dejadme el buzón de comentarios lleno de amenazas de muerte.

Comencemos por el intrusismo profesional. En primer lugar, intrusismo es una de esas palabras que odiamos solo cuando la sufrimos. Por ejemplo, si la chica de este correo nos dice que es traductora, nos llevamos las manos a la cabeza. Si un licenciado en filología se llama a sí mismo traductor, pedimos al Gran Spaghetti Volador que fulmine a ese hereje con su apéndice tallarinesco. Sin embargo, cuando los licenciados en TeI decidimos dedicarnos a otras profesiones, la cosa cambia. Ya sabéis que nuestra carrera nos ofrece muchas posibilidades, como la docencia, el comercio exterior, la maquetación y edición de textos, la carrera diplomática, etc. Campos profesionales en los que otros profesionales pueden considerarnos personal ajeno. Por ejemplo, la corrección de textos en español es un campo que “pertenece”, en principio, a los filólogos de hispánica. Sin embargo, muchos de mis compañeros corrigen textos. La maquetación de documentos es un campo a medio camino entre filología y artes gráficas. Sin embargo, muchos traductores maquetan manuales de lavadoras. Y diseñan páginas Web. Y muchas otras tareas que no pertenecerían al ámbito de nuestra licenciatura, aunque la realidad laboral se empeñe en demostrar lo contrario.

El problema, por tanto, no pasa por el concepto de intrusismo. Una idea algo desfasada, muy del s. XX y que no tiene cabida en nuestra sociedad global actual, donde lo normal es desempeñar varios trabajos a lo largo de la vida laboral, reciclarse varias veces y trabajar de forma proactiva. No, los enemigos de la traducción no son ni los malvados filólogos ingleses que intentan robarnos el pan ni los afortunados bilingües que hacen traducciones de vez en cuando para redondear su sueldo. Quien realmente amenaza a nuestro trabajo son dos factores: el estatus y el mercado.

Si preguntas a 100 personas sobre qué hace un licenciado en TeI, probablemente un tercio de los encuestados responderá que son esas personas glamourosas que trabajan en la ONU y en la Unión Europea, otro tercio diría que son los secretarios con inglés que hay en muchas empresas y que igual te resuelven un roto que un descosido. El último tercio, quizá el más cachondo, respondería que es esa panda de gente de mal vivir que se dedica al teatro.

La triste realidad es que, fuera de nuestro círculo, la mayoría de las personas no sabe qué hace un traductor. E incluso si tienen cierta idea sobre nuestro trabajo, se centra en conceptos tan peregrinos como los del párrafo anterior o en la idea borrosa de que somos personas que “hablamos ideas”. Obviamente, eso también incluye a muchas empresas, algunas de las cuales, cuando requiere servicios lingüísticos, no sabe a quien llamar. Y por ese motivo, termina pidiendo al hijo de la del 3º, que sabe inglés porque estuvo un verano en Irlanda, que le traduzca la página Web o ese catálogo de baldosines que quiere enseñar a unos clientes americanos.

El segundo de nuestros enemigos es el mercado. Aunque la economía global ha permitido que nuestra cartera de clientes se expanda hasta incluir a cualquier cliente con acceso a Internet, también es cierto que ha incrementado la oferta de traductores disponibles. Quizá las necesidades de traducción crezcan a un ritmo acelerado cada año, como insisten en afirmar los gurús de la industria. Sin embargo, la tendencia en lo que concierne a tarifas pasa por el estancamiento o incluso la reducción de precios. Parece que cada vez es más difícil obtener buenas tarifas por nuestro trabajo. Y no hablo de pedir precios más altos, sino de conseguir lo que, hasta el momento, se consideraba como una tarifa óptima.

Hay muchos profesionales que afirman que la solución a ambos problemas (una imagen difusa y una posición débil para negociar tarifas) es la creación de un colegio profesional. Personalmente (y aquí va a comenzar la lluvia de piedras) no estoy de acuerdo. Puede que un colegio pueda ser una forma adecuada de defender nuestra imagen, a través de actividades, jornadas o actos reivindicativos. Sin embargo, en lo que concierne a las tarifas, la cosa no es tan sencilla. El Colegio de Traductores de España podría decidir una tarifa mínima de 0,08 € por palabra. Pero a la hora de la verdad, a menos que se exija la colegiación obligatoria de los traductores, no serviría de nada. La ley permite la libre fijación de precios a las empresas, siempre y cuando respeten las leyes sobre competencia. Asimismo, la tendencia actual en Europa es la desaparición de los colegios profesionales y de las profesiones reguladas. Incluso aunque esta circunstancia no se diese, no creo que el colegio profesional fuera una solución mágica. Puede que dentro de España las empresas tuvieran que pagar 0,08 € por palabra. Sin embargo, estas dejarían de hacerlo en el momento que descubriesen que, fuera de nuestras fronteras, hay una enorme oferta de traductores de calidad, que estarían dispuestos a trabajar por una tarifa menor. Y puesto que la creación del Colegio Mundial de Traductores e Intérpretes no está a la vuelta de la esquina, no veo en el colegio unos beneficios que no puedan conseguirse con otras alternativas menos agresivas y más factibles.

La mejor posibilidad para afrontar estos retos es fomentar el asociacionismo en nuestra profesión. Existen muchas organizaciones que agrupan a traductores profesionales, como por ejemplo ASETRAD, APETI, ACETT o TREMÉDICA (por citar algunas de ellas). Estas organizaciones luchan por mejorar el reconocimiento de nuestro trabajo, al mismo tiempo que defienden estándares de trabajo dignos, sobre todo, en lo que concierne a tarifas de trabajo. En este sentido, podemos optar entre pasarnos el día en casa quejándonos de lo mala que está la cosa, que las tarifas bajan cada día más y que todo el mundo piensa que somos actores de teatro o algo parecido. También podemos unirnos a una asociación y contribuir con nuestra cuota a que tenga mayor poder de actuación para mejorar nuestra situación. Es un dilema similar al del trabajador que se queja de su mala situación laboral pero que no se afilia a un sindicato.

Sin embargo, incluso aunque todas las asociaciones de traductores del mundo se uniesen y formasen la Federación Mundial de Traductores, seguiríamos enfrentándonos a un problema muy complejo. La bajada de las tarifas (o al menos, la no subida de estas), no se debe, quizá, tanto a la ambición de las empresas como a nuestra débil posición como empresarios. Cada vez que alguien acepta una tarifa de 0,04 € por palabra, muere un gatito (y ya de paso, se hunde un poco más el mercado). En ese sentido, deberíamos ser conscientes de que debemos defender unas posiciones básicas de partida. Hay límites que no deben traspasarse (reventar el mercado, incurrir en prácticas deshonestas, hablar mal de compañeros, etc.). Obviamente, la realidad personal de cada uno de nosotros es otra historia. Y dile a alguien que tiene que pagar la hipoteca que, entre aceptar 0,04 € y no ganar un duro, elija la segunda opción.

Al llegar al final de esta larga parrafada, más de uno podrá caer en el desaliento. Sin embargo, siempre digo que, sin algo de optimismo, no se llega a ninguna parte. Aunque nuestra profesión afronte retos que parezcan insalvables, no olvidemos que cada trabajo tiene lo suyo y que la clave pasa por una adaptación continua y una actitud dinámica. Quizá las tarifas tiendan a bajar. Pero también está presente el hecho de que el volumen del mercado de traducciones es cada vez mayor y el personal cualificado para ello no se incrementa de forma proporcional. Una actitud responsable por parte de cada uno de nosotros, apoyando a las asociaciones existentes y respetando una ética laboral básica que evite reventar el mercado es, quizá, la mejor estrategia para que esta siga siendo una profesión apasionante y… quien sabe… incluso llegue a ser tan respetada como la de médico o ingeniero :D .

7 comentarios

Actualmente los colegios profesionales en España establecen tarifas orientativas, lo cual no implica que todo el mundo las cumpla a rajatabla. En el caso de los abogados, por ejemplo, hay muchos que cuando empiezan se dedican a cobrar a la baja para “fidelizar” a sus clientes, así que un colegio no serviría de nada para mejorar el tema de las tarifas.

Lo que hay que hacer para competir a nivel global es ofrecer valor añadido, porque siempre habrá alguien que cobre más barato. Si un cliente recibe varios presupuestos para una traducción y todos le ofrecen lo mismo, está claro que elegirá al más barato. Es lo que hacemos todos cuando comparamos precios, ¿no? Lo difícil aquí es estrujarse el cerebro y ver qué puede ofrecer uno para diferenciarse.

Estoy de acuerdo en que quejarse no sirve de nada. Ya desde la carrera, los traductores aprendemos a quejarnos de lo mal que está la profesión. Sería más productivo aprovechar esas energías para arrimar el hombro. Asociaciones no faltan.

He llegado aquí por casulidad (y por una alerta de google), pero no puedo por menos de dejar el aplauso de una traductora literaria, licenciada en filología francesa (sólo en filología francesa) y, en la actualidad, presidente de ACEtt.

Hola Óliver:

Antes de nada, gracias por sacar el tema que te sugerí en mi correo electrónico.

Quiero felicitarte por tratar de mostrar que ni todos somos santos ni tampoco todos somos diablos. Sin embargo, sí quisiera precisar -quizá no lo hice bien en mi correo electrónico- que el término intrusismo me parece poco adecuado para este debate. Estoy absolutamente de acuerdo con mi paisana Elisabeth con respecto a que hay que ofrecer valor añadido, así como lo estoy contigo en gran parte de lo que planteas.

Quiero copiar aquí varias frases de las que te escribí en mi correo electrónico:

“Si bien el término intrusismo intento evitarlo a toda costa -considero que la legislación nos tiene prácticamente vendidos con respecto a nuestra profesión y soy consciente que cursar cuatro años de traducción e interpretación no significan nada con respecto a la calidad que un traductor puede ofrecer-, sí que me he sentido indefenso últimamente con respecto a la función que realizan algunas escuelas de idiomas. (…)
El otro día, le envié el correo electrónico que te he remitido a una compañera y estuvimos hablando largo y tendido sobre el tema. Lo curioso es que alguien nos dice, al poco, que se había apuntado en clases de español en la escuela oficial de idiomas y que le dijeron que cuando terminaran el último curso, el título que recibirían les serviría para dar clases de idiomas o para hacer traducciones.
Además de ello, sé porque lo he sufrido en carnes propias que algunas escuelas de idiomas sellan traducciones para darles carácter de jurada u oficial, con lo cual hace la competencia directa a los intérpretes jurados que tenemos el nombramiento. ”

Sinceramente, no me molesta el que una persona, por el simple hecho de haber cursado hasta quinto de la escuela oficial de idiomas, considere que tiene los conocimientos necesarios para ser traductor. Es cierto que los licenciados en TeI hacemos de todo y nos consideramos los más aptos para ello gracias a nuestro amplísimo dominio de la lengua. Lo que sí me empieza a irritar es lo que comento de las escuelas oficiales de idiomas, instituciones públicas cuyos profesores -no todos, dios me libre de la generalización- se sacan un dinerillo haciendo traducciones y colocando el sello de la escuela oficial de idiomas para darle el carácter de traducción jurada.

Es un tema bastante amplio y requiere reflexión y debate. Aunque sé que dará para mucho y ahora mismo no tengo tiempo para abordarlo en profundidad, gracias por sacarlo a la palestra. Como decía Hegel, “la dialéctica es el motor del progreso”.

Hasta pronto. Seguiremos debatiendo al respecto y, especialmente sobre los colegios profesionales y las asociaciones.
Gracias por ofrecernos el salón de tu casa para este debate.
Tenesor.

Tenesor, eso que comentas es bastante grave. Si los clientes que les piden traducciones a las escuelas de idiomas están buscando juradas y reciben “eso” a cambio, se podría considerar una estafa.
Aunque tampoco habría que dejar atrás a las agencias que manipulan las traducciones juradas y ponen su sello sobre el del traductor jurado para que el cliente no contacte con el traductor.

Recientemente el MAEC ha notificado a diferentes asociaciones que hay en marcha un nuevo Real Decreto para la figura de los intérpretes jurados (pasaremos a ser traductores e intérpretes jurados, ¡por fin!) y les ha dado la oportunidad de presentar alegaciones a la propuesta. En Asetrad hubo un debate bastante largo sobre qué alegaciones se iban a presentar y también sé que varios traductores han enviado sus alegaciones a título personal. Hay algunas propuestas muy interesantes como la de que la OIL encargue un sello similar al de los notarios (cuyo coste de fabricación es de unos 5 céntimos) para incluirlo en todas las juradas. Dudo mucho que acepten algo tan “sofisticado”, pero al menos nos han preguntado nuestra opinión. Supongo que durante el primer trimestre del año que viene tendremos más noticias.

Dudo mucho que alguien con los 5 años de la eoi pueda hacer una traducción como es debido, al menos yo no me siento capacitada para ello… es como si alguien hace un curso de primeros auxilios y le da por dedicarse a la enfermería (por poner un ejemplo)

Olli, en lo de ser una profesión respetada como la de ingeniero, mira a ver que no sea informático, estarías en las mismas.

Álvaro Mira

Saludos. Sólo escribo para comentarte que, por una parte, estoy de acuerdo con tu postura acerca de la queja gratuita y la actual naturaleza del mercado que debe llevar a los traductores a diferenciarse de forma alguna (como indica Elisabeth). Por sorprendente que te parezca, puede que demostrando tu interés por aclarar la situación acerca de nuestra profesión estés aportando tu granito de arena para mejorar las cosas. Enhorabuena y gracias. Álvaro

Francesc Pont

Magníficas reflexiones, felicidades.

Sólo quería apuntar un detalle que no tratas en tu excelente análisis de las tendencias actuales y futuras del mercado: el rol de la traducción automática.

A pesar de que en ámbitos académicos se desprecie por completo, ya hay empresas que la utilizan como base de sus necesidades de traducción. Y no hablo precisamente de empresas pequeñas: HP es una de ellas.

Asimismo, también sé de empresas de traducción con sistemas propios de traducción automática que, en vez de traductores, contratan correctores-revisores para que editen las traducciones hechas por la máquina y rellenen hojas de feedback que, luego, los ingenieros informáticos utilizan para refinar el sistema.

A pesar de que estas tendencias son todavía excepcionales y tienen una rentabilidad dudosa (por ejemplo, las empresas de traducción basadas en este modelo de negocio tienen graves problemas para sobrevivir), tendríamos que ser conscientes de lo que puede (y recalco la importancia de este “puede”) depararnos el futuro, especialmente en ciertas áreas de especialización cuyos textos utilicen unas estructuras y patrones lingüísticas fijos.

No quiero ser ave de mal agüero, ya que soy el primer afectado, pero creo que es necesario que también añadamos este elemento al “mix” de factores que explican la tendencia de reducción tarifaria y de estatus que estamos viviendo.

Saludos,

Francesc

Fuente: Blog: La paradoja de Chomsky

Sobre el autor Oliver Carreira

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