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18 may. 2010

Sí. Los traductores argentinos estamos a tiempo

Aurora Matilde Humarán. Traductora pública de inglés y presidenta de la
Asociación Internacional de Profesionales de la Traducción y la Interpretación.

■ Podríamos estar hablando sobre un mercado en el que los muchos traductores argentinos
(reconocidos en el mundo por la sólida formación académica) pudieran decir con satisfacción
que tienen mucho trabajo. Con un mercado argentino todavía deprimido por el coletazo
de aquel helicóptero inolvidable —emblema del comienzo de la crisis del 2001—, al que se
suma una inflación que no perdona, el mercado internacional sería (debería ser) la solución
para que los cientos, miles de traductores argentinos pudieran vivir como se merecen.

¿Y por qué, entonces, arranca el párrafo anterior con una condicional? Porque la
garra nefasta de la globalización (la mano «muy» visible) hizo lo suyo a favor de una distribución
injusta de la que hubiera sido una gran oportunidad laboral para muchos colegas.
La mayoría de los colegas argentinos sobrevive y solo unos pocos vivos se han enriquecido
con la situación. Al mercado internacional, la maniobra le ha hecho un flaco favor. De la
profesión en sí, mejor no hablar: un traductor de raza debe sentir cuando menos asco si
escucha hablar de la traducción como de un commodity.

En una primera etapa, las agencias del extranjero fueron tentando a los colegas argentinos
para que trabajaran por honorarios paupérrimos. La combinación de la necesidad de los
colegas con su falta de información fue letal. El mercado se desplomó con rapidez. Algunas
agencias del extranjero fueron más allá (o más acá, debería decir): se establecieron en la
Argentina. Todavía están entre nosotros y —para colmo de males— han servido de inspiración
a un sinnúmero de agencias argentinas que copiaron el modelo: consiguen los trabajos
en el extranjero y pagan miserias a los traductores a quienes contratan (como traductores
de plantilla o como autónomos). En muchos casos, el margen de ganancia es impresionante.
Por ejemplo, cotizan 0.24 USD en Alemania y pagan 0.02 USD en la Argentina (o menos,
si pensamos cuánto «le cuesta» al agenciero la palabra del traductor interno). En otros
casos, el daño todavía es mayor porque algunos agencieros deprimieron el mercado internacional
también. ¿Cómo? Cotizando por debajo de los honorarios esperados. Rompen el
mercado internacional, explotan localmente. Los lomos argentinos resisten y los márgenes
son suculentos. Los que ganan plata son unos pocos.

En tiempos en que los colegios y asociaciones han ajustado los
honorarios recomendados para acercarse a los 0.30 ARS por
palabra (¡bienvenidos estos ajustes!), las agencias explotadoras
pagan honorarios insultantes de 0.09, 0.08 o 0.07 ARS*. Algunos
agencieros todavía pagan menos y los profesionales miramos con
preocupación el carnaval en que se ha convertido la profesión. Los
agencieros se consolidan en congresos, en universidades y en
asociaciones profesionales. Su poder crece y la realidad de los
traductores es inversamente proporcional. O se trabaja por esos
insultantes 7 centavos que paga aquella agencia cordobesa, o se
acepta lo que dice la profesora de aquella otra universidad («está
bien cobrar 0.06 ARS»). Y ante todo: los cerebros de los traductores
se van vaciando con esmero para que entre una idea conveniente
(¡para los agencieros, claro!): que la mejor situación posible es ser
traductor interno de las agencias explotadoras a cambio de sueldos
ofensivos, miserables pagos de entre 1200 y 2000 ARS, una
vergüenza para la profesión, un futuro negro para todos.

Quienes amamos la profesión y sabemos que se puede vivir de
ella, Y VIVIR BIEN, no nos cansamos de alentar a los colegas más
jóvenes para que se informen, para que consulten con quienes
están más consolidados y —por sobre todas las cosas– para que
no sean cortoplacistas. Los 0.07, 0.08 o 0.09 ARS miserables que
hoy alcanzan para comprar un jean («porque, total, vivo con papá y
mamá») no alcanzarán para nada el día que los apetitos sean otros.
Si optamos por vivir la profesión desde la burbuja de lo que nos
sirve hoy, el día que nos frotemos las manos paladeando mejores
ingresos veremos que el mercado nos ofrecerá los mismos 0.07,
0.08 o 0.09 ARS que ayudamos a consolidar (o ¡quizás menos!)
¿Por qué nos debería sorprender el mercado que favorecimos con
nuestra actitud cortoplacista?

¿Se puede cambiar el escenario? Se puede. Se debe.
1. Consultemos los honorarios que recomiendan las asociaciones
profesionales. Comprobaremos lo lejos que están esos honorarios
de las miserias que ofrecen muchos agencieros.
2. Entendamos que si la opción que más nos sirve es la de ser
traductores internos, ese sueldo de traductor interno jamás
debería ser inferior a los 6000 o 7000 ARS.
3. Consultemos a los colegas más consolidados. Somos parte de
un sistema y a todos sus integrantes nos conviene que la información
fluya libre y sana entre los profesionales de bien.

*1 ARS = 0,175 €.


Revista Digital Donde dice... número 17 enero-abril 2010, pag. 14-15 de Fundéu BBVA

1 comentario:

María Belén dijo...

¡Excelente Aurora! como siempre